El conurbano bonaerense, escenario del último adiós al Indio Solari
- 8 jun
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La despedida del Indio Solari en Villa Domínico se convirtió en una fiesta pagana para celebrar y llorar a uno de los últimos héroes populares de la cultura argentina. Y el peronismo bonaerense tuvo la chance de mostrarle al mundo que hay una forma diferente de hacer las cosas cuando las multitudes salen a la calle.

La defensa colectiva del estado de ánimo se convirtió en la bandera final de una de las historias de amor más fuertes que la cultura argentina supo construir entre un artista y su público. En lo que posiblemente sea la despedida masiva más impactante de la historia contemporánea, cientos de miles de personas se reunieron para el saludo final al Indio Solari. El punto de encuentro es en Villa Domínico, Avellaneda, aunque la cola para ingresar a Microestadio Gatica llegó a superar las 70 cuadras y alcanzó a la Ciudad de Buenos Aires.
Como esos dolores dulces que Solari bien supo describir en sus canciones, la despedida que comenzó el domingo se nutrió de todos los elementos que siempre caracterizaron los encuentros alrededor de cada concierto que tuvo al Indio como protagonista. Al menos, durante los últimos 30 años.
Avanzar hacia el microestadio ubicado dentro del Parque Los Derechos del Trabajador significó ir transitando por las diferentes capas de la emotividad que explotó el viernes, cuando el país se enteró de la muerte de uno de sus máximos héroes populares. El estallido colectivo se permitió cantar, reír y llorar para volver a celebrar en tiempos en los que la realidad deja en jaque el estado de ánimo.
Por eso la despedida del Indio se convirtió también en una gran manifestación política. Se cantó contra Milei y se pidió por la libertad de Cristina, pero también se reivindicaron banderas que son permanentemente denostadas por quienes llevan las riendas del Estado nacional, y que prefirieron enfrascarse en su batalla cultural y dejar la organización de uno de los eventos más importantes de la historia en manos de la provincia de Buenos Aires.
Será parte de la discusión que viene, pero es posible que la administración libertaria se haya pegado un tiro en el pie, dejando expuesta su incapacidad para reaccionar ante escenarios inesperados. Le entregó a su principal adversario, el peronismo bonaerense, la chance de mostrar al mundo que hay una forma diferente de hacer las cosas. El tiempo lo dirá, aunque durante las primeras horas del domingo, en el conurbano no había demasiadas dudas al respecto.
“Yo soy peronista por lo que aprendí escuchando al Indio, Perón vino después”, resumió Gonzalo, un militante que ya pasó los 40 y que, aunque vive en Lanús, está en Villa Domínico desde el momento en que la familia del Indio dio a conocer el lugar de la última misa.
Sucede también que, en medio del dolor, la expresividad popular puso en escena una forma de ver al mundo que la figura del Indio resume, incluso más allá de sus canciones o sus declaraciones públicas. El transitar dominical por una avenida Mitre que se convirtió en eterna fue una peregrinación en la que las canciones se corearon aleatoriamente, empujada por pequeños dispositivos de sonido que los propios seguidores del Indio llevaron para que la música se convirtiese otra vez en la excusa de la comunión. “Lo traje porque no sabía cómo iba a ser y no podíamos despedir al Indio sin música”, contó Maite, la piba que había decidido, antes de salir de su casa, que tenía que llevar un parlante a la celebración. Como ella, cientos de personas decidieron lo mismo. Cada una de ellas pensó en la mejor forma de compartir con los demás y se puso al hombro ese desafío. Detalles, que hacen al todo.
Las calles se llenaron de intervenciones artísticas. La cara del Indio y sus frases más celebradas se convirtieron en grafitis, banderas y ropas especialmente diseñadas para confirmar su inmortalidad. “Anoche tocaron Los Fundamentalistas, la Kermesse y un montón de bandas tributo que le hicieron algún homenaje al Indio. ¿Mirá si no voy a cantar todo el día estando acá con mis amigos, hermano? El Indio nos quería felices”, asegura un pibe que se pierde entre algunos de los pogos espontáneos que acompañaron, y lo seguirán haciendo, el camino hacia el saludo final.
Banderas con la imagen de Maradona, con el nombre de cientos de bandas y con la inscripción que funciona como marca de identidad. Un barrio, una ciudad, una provincia. Villa Celina, Bahía Blanca, Corrientes. Hasta la luna pensaban viajar si los redondos volvían a juntarse. No hizo falta tanto, pero todos los que pudieron, viajaron al conurbano simplemente para decir “gracias”. Por Domínico también hay cientos de puestos callejeros, carpas, improvisados comercios familiares. Postas sanitarias, personal de seguridad, los baños químicos que nunca resisten el paso de las horas y las casas que se abren para dar una mano en lo que sea necesario.
Claro que es difícil dar cuenta de todo lo que puede suceder en medio de un maremoto emocional que expresa colectivamente ¿medio millón de personas? ¿un millón? ¿dos, tres? ¿importa realmente cuánto?, pero lo concreto es que la constante del domingo fue la defensa del estado de ánimo. Uno que también penduló entre la euforia y la desazón.
En el camino hacia el polideportivo Gatica hay personas que tienen más de 70 años y niños que todavía no saben caminar. Hay familias enteras y grupos de amigos que celebran y se abrazan para darse ánimos cuando la guardia se baja y la piña al mentón de la partida se siente un poco más.
Todos se quiebran al atravesar las vallas que anticipan los últimos metros hacia el polideportivo. Ése es el momento exacto en el que el llanto irrumpe en escena y anticipa un silencio que es la marca registrada del tránsito hacia el final del recorrido.



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